Sobre 6.000 botellines, emotividad absurda y dignificar la música

Bienvenidos al circo del recurso fácil, de la lagrimilla a sueldo. Bienvenidos al imperio de la televisión, donde la emotividad parece justificarlo todo (si de alimentar la máquina consumista se trata, faltaría más). La publicidad ha pasado de la alegría inocente de los sesenta a una agresividad descarada, para acabar derivando, durante la última década en una mojigatería premeditada que busca viralización en Facebook.

Y puede funcionar. Claro que funciona.

¿El peligro? Que se acerca peligrosamente, si no se anda con cuidado, a la infantilización de realidades, que a veces representan un problema social. Son muchos y muy variados (micromachismos velados, explotación laboral o promoción del ambiente obesogénico, por citar algunos), pero parece que la guinda que ha colmado el pastel quería pisar al arte. El anuncio de Mahou, ya retirado, en el que un pueblo se comprometía a pagar con 6000 botellines las actuaciones de un grupo a perpetuidad indignó al colectivo de grupos emergentes del país. Y con razón, porque la ficción puede pintarse preciosa hasta que te pasas tres años ensayando sin que nadie pretenda pagarte con más dinero que “todas las cervezas que queráis, chavales”.

concierto

A ver, tampoco seamos trágicos. La música nunca podría pagarse con dinero, porque no hay valor en el mundo que pudiera equivaler a una expresión artística que nos distingue como especie. Vehículo de emociones, representación sociocultural como pocas. Vía de escape. Salvavidas. Razón de nuestra existencia, bálsamo para los llantos. Punto de reunión eterno. Fiesta, vida, celebración, genio. Todas esas metáforas vibrantes. No, no podría pagarse con dinero.

Pero hay muchas cosas que sí.

Señores de Mahou, sí: vale dinero el trabajo. Valen dinero los instrumentos, las clases, el alquiler. Valen dinero las horas repetidas, largas e irrecuperables que los músicos pasan en sus locales de ensayo. Día tras día. Año tras año. Valen dinero el coche y la gasolina porque, esos músicos cántabros que tocan desinteresadamente en un pueblo en bancarrota, sorpresa, tienen que trasladarse hasta allí. Y hasta los otros 35 pueblos donde actuarán ese verano. Y no, la furgo no tira si llenas el depósito de Mahou 5, estrellas por muchas ganas que nos haya entrado a partir de este momento.

Vale dinero el talento, en un mundo en el que la creatividad se relega en las escuelas y es académicamente denostada a asignaturas ‘maría’.

Vale dinero el esfuerzo.

Y la fe, la de unos pocos valientes que se atreven a arriesgar su futuro y a creer que aún hay sitio para la música como vía laboral. Que se atreven todavía a luchar por porfesionalizarla.

Pero no nos olvidemos de que detrás hay mucho más. Hay promotores, grandes pero también pequeños, que luchan cada día para que sus grupos puedan ganarse un jornal digno. Hay programadores, hosteleros, periodistas y fotógrafos, hay un precario grupo de profesionales que intenta enfrentarse al “así ganas difusión, seguidores o reconocimiento”, una manera muy moderna y asequible de relativizar el trabajo gratis.

Si seguimos pagando con 6000 botellines, el mercado musical seguirá monopolizado por los 35 grupos mainstream que empujan tres grandes multinacionales. Si pagamos con cerveza, con copas o fama, seguirá prevaleciendo una industria injusta y globalizada que educa nuestros cerebros a través de la radio, de la televisión y el cine. Que aplana nuestro gusto musical hasta convertirlo en un corderillo obediente.

Seguirán desapareciendo grupos porque, a los 37 años de intentarlo, la mitad de sus componentes tienen que dejar la música por un trabajo de oficina que les aporte algo de estabilidad.

Claro que hay cosas más importantes que el dinero, señores de Mahou: dignificar tu trabajo, luchar por la pervivencia y autonomía de la música, reconocer el talento de los que se dedican a ello.

música en directo


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