Los Chikos del Maíz en Leganés: seguridad y compromiso en el primer concierto del verano

Jamás pensé en disfrutar un concierto de hip hop sentada en un anfiteatro. A más de un metro de cualquier persona, con mascarilla y sin moverme del sitio. Pero grandes problemas exigen grandes remedios, y la pandemia no iba a poder con la cultura. No al menos por el momento.

Imagen del Facebook oficial de Los Chikos del Maíz.

Ha vuelto la música en directo, y esta vez no lo ha hecho a lo grande. Lo ha hecho en un formato medio, comedido y prácticamente íntimo. Con la precaución de alguien que está haciendo algo por primera vez y no sabe muy bien cómo, pero se muere de ganas.

El pasado jueves, Los Chikos del Maíz dieron su primer concierto tras la cuarentena. En un panorama repleto de incertidumbre la banda de rap dió un paso al frente para tratar de defender un sector famélico y denostado. Ofrecieron un doblete en Las Lunas del Egaleo, uno de los pocos ciclos que ha podido sobrevivir este año gracias a una drástica reducción de aforo y su condición al aire libre. El sold out que se marcaron el viernes no fue sólo una buena noticia para el grupo: fue una demostración gráfica de que público y artistas se siguen necesitando.

La gran protagonista del evento fue, sin duda alguna, la seguridad. Las normas y precauciones. Una seguridad sentida, exigida y necesaria. Resulta extraño, tras seis meses de silencio, escribir una reseña de concierto donde es más necesario destacar el distanciamiento social, las mascarillas y el gel hidroalcóholico que la propia música.

Pero la música es más que música y en esta ocasión hay que recalcar un lema: la cultura es segura y vamos a luchar por ella.

Pero el concierto de Toni, Nega y Dj Plan B fue, por supuesto, mucho más que medidas de seguridad. Hubo cánticos, bailes, e himnos. Hubo conciencia de clase, historia, desamor, cine y feminismo. Hubo electrónica. Y algo de lo que pocos grupos pueden presumir: el reflejo de una deconstrucción y evolución en sus temas que no temen recalcar. Se desgranaron los temas de Comanchería, su último trabajo, junto con un cuidado (y breve) repaso a sus trabajos más emblemáticos.

También experimentamos, gracias al COVID, un nuevo descubrimiento: aunque sin pogos, sin baile, sin sudores ni abrazos, redescubrimos el hip hop a fuego un poco más lento. Un concierto donde los detalles se aprecian multiplicados, donde la calidad del sonido es óptima, donde la música no atruena nunca demasiado, donde las miradas están fijas en todo momento y no se pierden ni un detalle. Una conexión más serena artista-público, en un momento donde parece que hace más falta que nunca.

 

Resulta difícil imaginar un panorama definitivo donde la música pudiera no a ser en directo. En la vida 2.0 parece relativamente fácil confinarla a su faceta digital: streamings, lives y reproducciones inagotables parecen una opción factible (obviando la práctica gratuidad del contenido).

Pero la música necesita el directo. Necesita la conexión, el público, el componente irrepetible.

Porque la música también es efímera, porque en cada show se construyen mil significados que no caben en un disco. Urge repensar el panorama, desestigmatizar una cultura capaz de garantizar más seguridad que muchos centros de trabajo. Volveremos al concierto.


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